“Socrateando (I)” por Fran Cañadas

Hoy empecé el día como siempre. Suena la alarma e interrumpe mi intranquilo sueño, mi pesadilla personal. Todas las noches me duermo igual, pensando en todo lo que no he hecho. Despierto y me duermo otra vez, la alarma se repite y me resigno. Ya en pie busco entre la ropa algo que me quede bien, como si a alguien le importara cómo voy vestido. Preparo el desayuno y corro al baño, allí miro la hora y recojo la mochila a toda prisa, pues ya se me ha hecho tarde para ir a clase, me arrepiento de no haber salido antes y ando a paso rápido hasta ver a la gente que cohabita conmigo durante seis horas en una reducida habitación para treinta sin ventilación, donde ser el primero o el último en estar dentro es inhalar todas las pestes posibles del ambiente. Me siento en mi sitio, con mi compañera, mi mejor amiga, Erial, la cual llega sin habla por haber corrido desde su casa para no llevarse una sanción del profesor. Gracias al universo que hoy no ha venido a clase ¡Ja! Eso pensarán muchos, pero yo no. A primera hora toca mi asignatura predilecta, Literatura. Miro en mi mochila y me aferro con las manos al libro que hay en el fondo “El árbol de la ciencias” de Pío Baroja. ¿Por qué nadie lo está leyendo? Solo mi amigo René y yo.

En una clase de treinta personas solo dos se interesan por leer una obra de hace un siglo, con tanta calidad como esta, que puede ayudarles a comprender su futuro año al terminar el bachillerato y comenzar el primer curso universitario.

Erial me interrumpe y comienza a hablar de sus cosas, problemas de amoríos recientes y pasados, y se queda en Babia durante un momento; me río de ella y nos reímos juntos de ese hecho. Al rato suena el timbre de cambio de clase, toca Educación Física, pero yo estoy lesionado, así que me voy a escribir a una clase vacía hasta que llegue el recreo con una actividad muy antigua para mí: “poesía”.

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Los veinte minutos que he estado con esas personas me han unido a ellas de una manera que no había tenido desde hacía mucho, pues aunque de pequeño era muy social ahora no recuerdo cómo hacer amigos. La profesora Sara y su compañera Isabel ya eran para mí referentes, casi ídolos de libertad y pasión, y sus alumnos las aceptan y admiran también, cosa que me hace pensar que son idóneas para una persona como yo, que sigue el camino de Sócrates. Sara propuso hacer poemas con una temática muy sentimental, la vida y la muerte, y nos propuso leer un poema de una mujer que pierde a un familiar cercano y sufría su pérdida en una noche oscura y aislada. Casi descargan unas lágrimas mis ojos al analizar el poema, porque me resultaron familiares como que fuesen palabras escritas por mí por la pérdida de mi abuelo. Me limité a relatarles a mis ya cercanas confidentes mi recuerdo de aquella noche en la que, sin saberlo, sabía que algo iba mal.


Nota de los editores: el texto no está modificado en la redacción, pero sí en la ortografía. Nos tomamos como un reto de este curso que nuestro apreciado Sócrates particular mejore ambos aspectos y termine el año sabiendo que “eres lo que escribes”  .

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