Memorias de un estudiante (II)

El amor es algo que se siente de repente, que te golpea en el pecho y te entra directo al alma. Diría que es como chocarte contra el poste de una señal de tráfico pero a la velocidad máxima permitida en autovías. Ni bonito, ni sensible, ni ideal… Un leñazo en toda regla que hace que pierdas la sensatez durante un tiempo y que seas capaz de percibir la realidad como si te hubieses fumado la colección entera de discos de Bob Marley.

La primera vez que sentí algo parecido, sin saberlo por supuesto, fue a la edad de siete años. Alguien podrá pensar que es muy pronto, que no sería amor, que seguro que estoy exagerando. No. Supe que fue amor tiempo después y también supe que no sería nunca el sucesor del Don Juan de Zorrilla.

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Ella se llamaba Marinieves. Era una chica alta, delgada, con el pelo castaño y ondulado. No era muy parlanchina pero sí que se hacía notar en el patio del colegio, aunque aquel patio era tan enano que se habría hecho notar el mismísimo Buster Keaton mirando a la pared. Me gustaba estar con ella y con su amiga Águeda, aunque cada una de mis miradas se perdían tras los pasos de mi Marinieves.

Una mañana de abril le dije a mi madre que quería salir pronto de casa y fui recogiendo margaritas durante el trayecto al colegio porque en aquel entonces era campo lo que hoy son pisos y locales comerciales. Recuerdo que no me cabían en la mano todas las flores que había recogido para ella, para mi Marinieves. Como siempre he sido tímido no sabía qué hacer con tanta flor junta y pensé que haciendo un rollo con una hoja de la libreta, a modo de rollito de primavera de la de verdad, sería bastante. El resultado fue tan desastroso que debió ponerme sobre la pista de lo que llegaría después. No había manera de lograr que las flores se quedaran quietas dentro del papel: ¡era como si hubiese estado recolectando rabos de lagartija para dárselos a la princesa Fiona como un Shrek cualquiera!

8.-Shrek

La solución que adopté fue de urgencia y propia de un niño de siete años no demasiado espabilado: llegué a su pupitre y le tiré las margaritas encima. Juro que quise dejarlas sobre la mesa pero se ve que con tanto apretar para envolver los malditos tallos, se me habían quedado pegados a la mano y el resultado fue que le cayeron encima las docenas de margaritas a mi adorada Marinieves. Ella me miró con cara de incredulidad, como pensando qué me había hecho para merecer aquello.

Esa mañana aprendimos los dos, mi Marinieves y yo, dos cosas muy importantes: ella aprendió que era alérgica a las margaritas porque se le puso la cara como un mapa y se fue de clase llorando cuando llegó su madre a recogerla, yo aprendí que lo peor del amor es no ser correspondido porque entendí que ella jamás volvería a querer estar en el patio conmigo.

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También aprendí que hay sitios que se llaman floristerías en los que preparan ramos muy bonitos a precios nada asequibles. Mejor ya os cuento otro día que no se debe encargar un centro de mesa cuando no se tiene coche para ir a recogerlo.

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