CUANDO DECIR NO ES UNA OBLIGACIÓN (Por José Manuel Calahorra)

Decía mi admirado José Luis Sampedro que las leyes no siempre deben ser respetadas porque las hay que no merecen respeto. Las leyes, por definición, están hechas por el poder para el poder. Siempre representan la voluntad del que manda; unas veces esa voluntad puede coincidir con la voluntad de la generalidad de los ciudadanos y otras no. Lo que siempre se cumple es que atienden a las necesidades del poder y sirven para otorgar el máximo de comodidades a éste.

sampedro

Cuando una ley está hecha de espaldas a los ciudadanos es cuando éstos pueden, y deben, dejar de respetarla y es muy legítimo ejercer la desobediencia civil. Pensemos en lo que ocurre en España con el precio de la electricidad, por ejemplo. Se trata de un engaño masivo por el que se está estafando a millones de usuarios y consumidores. La última ha sido tener que pagar una indemnización a la empresa del presidente del Real Madrid por haber parado las introspecciones realizadas para construir el almacén subterráneo de “El Castor”. Casi 1 500 millones de euros, más otros 100 millones de euros anuales de mantenimiento de la obra ya hecha, que tenemos que pagar entre todos los españoles. Uno se podría preguntar que por qué, ¿verdad? La respuesta es simplemente repugnante: se supone que los inversores tienen que ser resarcidos de que el Gobierno decidiera que los miles de pequeños terremotos provocados por las obras no podían seguir sucediendo. Lo más sangrante es que ese mismo gobierno desoyó a los expertos que ya avisaban de que ocurriría esto.

Ciñéndonos al ámbito educativo también encontramos normas y leyes que son de risa si no fuera porque implican el deterioro del sistema educativo y los resultados tan mediocres que nos caracterizan. Seguimos instalados en la premisa de que se puede aprender por medio de la obligación y la sanción. Se coge a un grupo de niños o adolescentes, se les mete en un habitáculo, se les obliga a estar 25 o 30 horas a la semana sentados, en silencio, sin moverse, sin comer chicle, sin beber agua, sin llevar tal o cual ropa… Normas que prohíben, prohíben y prohíben cosas que no se pueden hacer. En ese clima de semilibertad se pretende que los alumnos sean participativos, corresponsables de su aprendizaje, ávidos de conocimiento. ¿A qué estúpido se le ha ocurrido que eso es posible? Uno mira a su alrededor y ve un mundo adulto en el que nadie es capaz de estar una hora sentado sin distraerse, sin hablar con el que tiene al lado, estando como se supone que deben estar los alumnos. ¿Por qué tratarlos como delincuentes entonces?

Y es que la aplicación que de la normativa se hace trata a los alumnos como delincuentes que deben estar en un centro en régimen abierto durante cinco o seis horas al día. A cada prohibición le sigue una sanción; los famosos partes. Pero lo que siempre me pregunto es qué pasaría si los alumnos decidieran que ya está bien, que se acabó eso de ser tratados como maleantes o débiles mentales. Solo se puede aprender en libertad, cuando se quiere, cuando se desea aprender. Es una característica inherente a las personas que las normas y su aplicación están enterrando bajo el miedo, la rebeldía y la desgana. Quizás sea hora de hacer caso al maestro Sampedro y plantearse que no merece respeto una normativa absurda hecha de espaldas a los intereses de los protagonistas de la Educación.

 Escuela-alternativa

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